martes, agosto 23, 2005

That lady you're pleasin... (5)

-“No le creía tan gilipollas”

John no sonrió. Había aprendido a conocer a la gente por sus reacciones y esa podía ser una respuesta peligrosa, del tipo que dejaba ver un tenue matiz de fanatismo, más que suficiente como para apretar el gatillo de un arma. Se pidió calma a si mismo: ya no podía permitirse el lujo de darse por ofendido, hubiera sido infantil; después de todo había escuchado ese insulto referido a su persona en numerosas ocasiones: La mayoría de boca de los campistas que encontraba cada día a las puertas de su casa. Era una persona pública, un presentador; controlar la situación formaba parte de su trabajo- “¿Por qué no me sigue hablando del tal Santa Violeta?”

-“Como le decía: en la cárcel no sabían nada de él. No tenía familia, nunca nadie iba a visitarlo ; no existía ningún expediente, ningún archivo en el que figurara su nombre. Tan sólo conocían la razón que lo había llevado allí: Dos años atrás había aparecido en el pueblo como un jornalero, había trabajado duramente para ganarse la confianza de suss vecinos y sorprendentemente la había conseguido a pesar de tratarse de un forastero. Llevaba seis meses allí sin causar problemas y un domingo, sin previo aviso, atrancó las puertas de la iglesia durante la misa y prendió fuego al recinto. En el incendio murieron la totalidad de los feligreses, una parte considerable de la población local. Entre las victimas se encontraban las únicas personas que probablemente llegaron a saber algo de él”

-“¿Cree realmente eso?”
-“¿A qué se refiere?”
-“Si esa gente hubiera sabido ‘algo’ de él, ¿cree que se habrían dejado sorprender en la iglesia?”
La mujer se detuvo a considerarlo brevemente- “No lo sé, es posible”
-“Continue”

-“Crowley se entrevistó con el recluso y le practicó una serie de pruebas médicas de naturaleza siquiátrica, acudió con los resultados al alcaide de la penitenciaria y exigió su liberación inmediata debido al estado mental en que este se encontraba. No me pregunte cómo, quizá a base de chantajes, pero una semana más tarde Don Miguel Santa caminaba libre y bajo la tutela médica de Crowley”

-“Ya tenían a la persona que traería el Armaggedon ¿no?” –El presentador se esforzaba por no mostrar demasiado entusiasmo en la narración- “¿y ahora qué?”

-“Nuestros tres hombres: Alister Crowley, Jesús Medina y el recién integrado Miguel Santa, comenzaron los preparativos del ritual que abriría las puertas del infierno, desencadenando las fuerzas del mal sobre la tierra. Según el estudio de los símbolos que fueron revelados a Medina en su visión, cada ciertos años los astros se alineaban de forma única, propiciando la comunicación entre ambos mundos. El pirómano era la llave para acceder al otro lado, el canal por el que fluía la energía. Tan solo hacía falta una cantidad considerable de poder psíquico y el sacrificio voluntario de una sola alma, eso anularía el efecto de la muerte de Jesucristo sobre la Tierra.

“Se reunieron en Boleskine: con el resto de discípulos podrían reunir el poder necesario; engañaron a Raoul Loveday, uno de sus alumnos más aventajados de Crowley con la promesa de una nueva vida esperando tras la muerte y le hicieron ingerir una dosis letal de arsénico. Ya tenían el sacrificio que necesitaban”

-“¿Y bien? ¿Qué ocurrió?”

-“Como dije en un principio la historia es un tanto confusa en algunos fragmentos, en otros simplemente existen lagunas. Si le sirve de consuelo algo debió salir mal entonces, no llegó a consumarse el ritual. En cualquier caso la muerte de Loveday atrajo la atención de las autoridades y Crowley desapareció del mapa. No fue hasta años más tarde que se supo que había huido a Alemania donde murió más tarde a causa de una afección cardiaca”

-“¿Y el resto?”

-“¿Se refiere a Santa y a Medina? Se aliaron con un tercer sujeto que no viene al caso mencionar y dedicaron su vida a buscar a Crowley, tenían la esperanza de celebrar de nuevo el ritual y necesitaban a Crowley para ello. Para localizarle se sirvieron de los contactos que este había hecho durante sus viajes y establecieron una red internacional de agentes, una especie de organización encubierta... una sociedad secreta, para ser más exactos” -La mujer miró al presentador y sonrió.

-“La Hermandad de la Serpiente...”

-“Muy bien Johnny, creo que ya no le faltan muchas piezas”
-“Sigo sin entender quién es usted y por qué La Hermandad de la Serpiente la ha enviado aquí.”
-“Su problema es que no sabe escuchar, en ningún momento he dicho que esté aquí por La Hermandad”
-“Dijo que era una mensajera”
-“Me envía una sociedad religiosa, es todo lo voy a decirle. No necesita saber más”

Quizá fuera así, pero por muchos retazos de historia que el presentador hubiera conseguido reunir aun quedaba pendiente un personaje de importancia básica para el presentador: él mismo. Dónde encajaba un presentador de televisión llamado John Burrows en un complot paranormal para acabar con el mundo. No tuvo tiempo de ensimismarse en sus especulaciones, la molesta luz rojiza sobre la puerta parpadeó fugazmente atrayendo su atención: los anuncios habían terminado, unos segundos para volver al plató y a la rutina de su trabajo. El presentador intentó levantarse pero quedó en un amago era obvio que aquella mujer no iba a ponérselo tan fácil. Un plan tomó forma en su mente.


La mujer ocupaba el tocador, sentada de espaldas a la puerta era imposible que hubiera visto encenderse el piloto, no sabía que su tiempo había acabado; habían entrado en la cuenta atrás y ella no lo sabía. Eso podría significar una pequeña ventaja. Pronto alguien se preguntaria donde estaba Johnny y acudiría a los camerinos en su busca, sólo tenía que conseguir distraerla unos segundos- “Ha dicho que La Hermandad fue fundada por tres personas”

- “Así es, por Jesús Medina, Miguel Santa y un tercer hombre”
-“¿De quien se trata?“
-“No deberá decirselo Johnny, podría poner en peligro toda mi credibilidad”

-“Arriésguese Violeta, dígame: ¿quién fue el tercer hombre?”