sábado, agosto 20, 2005

Two for the show... (2)

La sala permaneció sumida en un silencio sepulcral: no se oyó una tos, no cayó una mota de polvo en los largos segundos que siguieron.

Un trato sencillo: una historia a cambio de un satánico número de millones. ¿No era acaso una oferta lo suficientemente tentadora? ¿No era un precio más que razonable por la triste intimidad de una vida anónima?

Al parecer no era suficiente: no se firma un pacto con el demonio solo por dinero, el público lo entendía así y el silencio imperante en la sala lo probaba. Claro que podría ser que a aquellas personas se les pasara por alto la obscenidad misma de la proposición y esperarán ver crecer la suma antes de vaciar sus experiencias, sentimientos y emociones ante los millones de espectadores que los observaban; también es posible que no tuvieran nada que ofrecer o... bueno, quizá no querían levantar la voz porque temían ser expulsados por el inflexible equipo de seguridad del programa.

En cualquier caso el silencio se hizo incomodo y el presentador fue consciente de ello y actuó en consecuencia- “A continuación señoras y señores daremos paso a unos consejos publicitarios de nuestros fieles patrocinadores”


La puerta de su camerino estaba al final del multitudinario pasillo. Entró como alma que lleva el diablo en pos de la paz de ese rincón privado. Corrió más allá de las maquilladoras, levantadas en pie de guerra con su potro de torturas ambulante; atravesó al pedante equipo de guionistas de interminables folios rancios; saltó sobre el infranqueable muro de admiradoras poniendo cuidado en taparse los oídos como protección ante el irritante sonido de sus peticiones; el último obstáculo lo encarnaba el abogado de su ex-mujer, un tipo escuálido y enfermizo al que derribó de un demoledor puntapié en el estomago. Alcanzada la meta, la puerta se cerró tras él con gran estrépito, las palabras grabadas en la placa de oro no daban lugar a equivoco: Satán, no pasar.

Ya en la intimidad de su santuario se recostó en un diván dispuesto allí para tales ocasiones y encendió su pipa. El humo se elevó suavemente por encima de su cabeza: pequeñas volutas de vapor o largos hilos de seda transparente oscilando, haciéndose uno con la atmósfera cargada de su camerino. En toda pauta se esconde un significado –pensaba, y deseó ser un piel roja y conocer el lenguaje oculto con el que le hablaba el fuego.
Fue entonces cuando se percató de que no estaba solo en aquella habitación:

-“Hola” –una voz de mujer vibró con sensualidad en el aire viciado.
-“¿Quién es usted?” –preguntó el presentador tal y como se incorporaba.
-“No me conoce y es mejor que siga siendo así, pero si quiere puede llamarme Violeta”
-“¿Eres una puta?”
La mujer estaba al otro lado de la habitación, sentada en el tocador en sombra, toda ella cubierta por una aparatosa gabardina azul y un caro sombrero de ala ancha; cruzó las piernas y unos zapatos negros trazaron la estela de un cometa peligrosamente cercano. Acerco su rostro a la luz, sus facciones se hicieron visibles: era hermosa.
-“No” –contestó.
-“Lo lamento “–el presentador se puso en pie y le indicó la salida- “no sé como ha conseguido entrar aquí pero le ruego que se marche, he venido a descansar y a penas quedan unos minutos antes de que se encienda la jodida luz roja y tenga que volver al trabajo”
-“Usted no va a ir a ninguna parte en los próximos minutos Señor Satán”
El cañón metálico que asomaba de una de las mangas de la gabardina llamó la atención del presentador.
-“¿Qué es lo que quiere?”
-“Haga justo lo que yo le diga y no tendrá que preocuparse de que mi amiguita se dispare”

El presentador sonrió amargamente para sus adentros: aquella mujer conocía el lenguaje del fuego y estaba dispuesta a hacérselo aprender por las malas- “Es irónico ¿sabe?”
-“¿El qué?” –preguntó la mujer.

-“Ahora mismo me estaba peguntando dónde demonios está el infalible equipo de seguridad que contraté”